MÉTODO APOGEO

Teoría sobre la formación de la Personalidad Integral

Personalidad integral

La personalidad integral está formada por aspectos genotípicos y fenotípicos. Al nacer, la personalidad es predominantemente genotípica, con los impulsos naturales asumiendo el papel central de atender las necesidades biológicas y garantizar la supervivencia. En este inicio, las interacciones del bebé se limitan a un repertorio básico, suficiente para expresar sus necesidades. Con el desarrollo, comienzan a surgir manifestaciones más específicas relacionadas con el temperamento, dando lugar a comentarios como: “Mira qué tranquilo es” o “Mira qué agitada es”.

En la infancia, comienzan a aparecer interacciones que ya reflejan indicios de la conducta central. Un niño puede buscar más contacto físico y afecto; otro puede demostrar mayor habilidad motora y moverse con más intensidad; otro, a su vez, puede revelar intereses intelectuales, como dibujar, observar u organizar objetos. En evaluaciones realizadas con niños entre 8 y 12 años, observamos el destaque de dos aspectos de la personalidad: el impulso prevalente del temperamento y algunos rasgos asociados a la conducta central. En esta etapa, los niños todavía poseen recursos limitados de interacción, lo que se traduce en cierta limitación adaptativa inicial. Sin embargo, esta limitación es compensada por el encanto natural de sus expresiones espontáneas.

Estas primeras interacciones forman parte del proceso de comunicación y conexión, representando también los primeros movimientos de adaptación al medio en busca de seguridad. Consideramos la conducta central en formación como el primer aspecto fenotípico de la personalidad, fuertemente relacionado con las necesidades motivacionales centrales del niño.

Al analizar adolescentes y adultos, observamos que el desarrollo conductual permanece orientado a la adaptación. Algunos rasgos conductuales se vuelven más estables, mientras que otros se modifican en función de las circunstancias y de las demandas externas. En algunas personas, hay mayor recurrencia y estabilidad de determinados rasgos; en otras, mayor oscilación. A lo largo de los años, observamos que la gran mayoría de las personas tiende a la estabilización de rasgos centrales, con cierta alternancia de rasgos secundarios.

En cuanto al origen estructural de la conducta central, observamos tres patrones básicos. En el primero, hay prevalencia de la necesidad central de preservar la satisfacción y el sentido de placer asociados a los propios impulsos naturales. En el segundo, prevalece el intento de ejercer mayor control sobre las situaciones externas y sobre las reacciones de las personas. En el tercero, se destaca la construcción de referencias internas —o reglas internas— de aquello que se percibe como correcto y válido en el contexto externo, construyendo una conducta alineada con esos ideales.

Tenemos, así, en el primer patrón, una respuesta predominantemente genotípica, que responde a la propia naturaleza, dentro de un eje que llamamos búsqueda de Estructuración; en el segundo patrón, una respuesta predominantemente fenotípica, que responde al medio social, dentro del eje que llamamos búsqueda de Sustentación; y, en el tercer patrón, la predominancia de una respuesta idealista, orientada por ideales, dentro del eje que llamamos búsqueda del Desarrollo.

Dentro de estos patrones, observamos diferentes líneas de conducta central, sumadas a conductas de interacción que llamamos rasgos moduladores de la conducta central. Esta composición de rasgos busca perfeccionar las interacciones con las personas y las conexiones con la realidad, teniendo como objetivo final la adaptación. Esta adaptación no se restringe a la simple conservación de la supervivencia, sino que también implica la búsqueda de conexión y pertenencia.

Al analizar el proceso de desarrollo de la adaptación conductual, percibimos etapas claras y recurrentes en las personas, de acuerdo con sus patrones y conductas centrales. Denominamos estas etapas dinámica conductual básica. Para fines didácticos, separamos esta dinámica de desarrollo en dos categorías: Desarrollo Funcional y Desarrollo Estructural.

El Desarrollo Funcional está relacionado con la gestión de los propios impulsos y comportamientos, con el objetivo de minimizar factores estresores y evitar colapsos. El Desarrollo Estructural, a su vez, busca comprender el propio funcionamiento cíclico, favoreciendo la ampliación de la conciencia y una mayor libertad de elección, en la medida en que minimiza la incidencia y el impacto de patrones de comportamiento condicionados y repetitivos. Ambas categorías están relacionadas con el desarrollo de la madurez.

Por lo tanto, el método APOGEO evalúa la personalidad integral compuesta por factores genotípicos, relacionados con los impulsos naturales —energía vital y temperamento—, por factores fenotípicos, relacionados con los comportamientos que buscan preservar la conexión con el medio social y también transformarlo, y por aspectos del desarrollo humano relacionados con la madurez.

Traducimos estos conceptos al ámbito empresarial por medio del análisis de Potencial y Entrega, asociados, respectivamente, a las competencias naturales y a las competencias construidas. También consideramos indicadores de desempeño asociados a la Entrega y directamente relacionados con la madurez. Entendemos, además, el liderazgo como un resultado de esta ecuación —o algoritmo— que compone la personalidad integral.